PERSEVERANCIA

En un tiempo en el que parece que lo que predomina es la recompensa inmediata, la reacción frente a la reflexión, os traigo una palabra que aun estando en el diccionario parece que ha perdido presencia o protagonismo; hablo de la perseverancia.

Se dice de la perseverancia que proviene del latín “persevere” y que significa continuar firmemente en lo que uno ha emprendido, esto es, seguir con determinación un plan, por cuanto que el prefijo “per” implica, entre otros matices, totalidad e intensidad y “severus,” rigurosidad.

Por tanto, perseverar es empeñarse en algo continuándolo con constancia y rigor.

Teniendo en cuenta lo dicho, me pregunto ¿qué diferencia habría entre perseverancia y obstinación?

Algunos dicen que el que persevera persigue el bien buscando el modo de acertar para conseguir su empeño, y el obstinado, insiste en el camino equivocado.

Así, uno se etiqueta como una virtud y al otro como un defecto.

Me sorprendió gratamente leer a un general manager decir que se le hacía difícil establecer una diferencia objetiva…porque me costaba ver aquella diferencia en términos absolutos a mí también. ¿Qué diferencia el tesón o la energía que pone alguien perseverante de alguien que es obstinado?¿Cuándo saber que estás en una u otra posición?

¿Cuántas veces lo que se etiqueta como obstinación ha sido cambiado socialmente por perseverancia al verse con el tiempo un resultado que a nuestro juicio es positivo?

Y, ¿cuán difícil puede haber sido para ese alguien sostener una posición contraria al parecer de su entorno simplemente porque éste lo catalogaba como obstinación o terquedad y por ende era  un camino erróneo?

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Me gustaría pensar, que perseverancia tenga más que ver con seguir el dictado de nuestro corazón, que es SABER internamente la dirección y que se ancla como la razón por la que nos mantenemos firmes y con determinación en un lugar en vez de abandonarlo.

¿Qué podría malograr nuestro empeño?

Aquellos que investigan e inspiran científica y socialmente han constatado un vínculo entre el corazón y el cerebro. En esa relación, el corazón, a diferencia de lo que históricamente se había creído, es el que marca la pauta y se erige como director de orquesta generando un campo electromagnético que se transmite a todas nuestras células…también a nuestro cerebro, y quiero pensar que éste, buen segundo de abordo, escucha y tiene la suficiente humildad como para alinearse con lo que el corazón le transmite creando así coherencia en nosotros.

Todo nuestro ser se organiza y trabaja en pos de un mismo objetivo, como los remeros en una barcaza van al unísono bajo las indicaciones del timonel.

Así, la perseverancia, estaría inspirada por un corazón claro y limpio que sabiendo su propósito informa al resto del cuerpo del mensaje para poder conseguir su objetivo… que, según muchos de estos científicos y líderes del pensamiento, no es otro que AMAR; la lógica busca tener razón.

Me gusta pensar que nuestra mente, a pesar de que crea que lo que racionaliza es bueno para nosotros, y en cierta manera lo es, se permite desde la humildad ser permeable y escuchar los dictados de ese corazón que está pidiendo a gritos que seamos lo que en esencia somos y nos dejemos de máscaras sociales.

Si retomo perseverancia y obstinación, se me ocurre pues, que el perseverante pone como timonel al corazón y quizás el obstinado, está “poseído” por una mente a la que le falta algo de humildad o le sobra algo de orgullo y que no le permite escuchar.

Para caminar ese camino del SER, lo que en esencia somos, y disolver las máscaras que hemos creado a lo largo de nuestra vida, la perseverancia nos será de gran ayuda…y ¿cómo se es perseverante  ?me preguntareis algunos que decís que os sentís carentes de voluntad.

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Cada uno encontrará su fórmula, pero os diré que cuando uno se para y se aquieta conecta con ese propósito que el corazón sabe y que nuestra mente busca desesperadamente.

Cuando esa conexión se produce, la fuerza de voluntad se hace en nosotros, porque es la Vida la que nos guía y no hay “esfuerzo” ( es-fuerzo= es fuerza)…algunos, a eso, le llaman fluir con la Vida.

No quisiera llevar a equívoco, y que alguien piense que después de descubrir el dictado de nuestro corazón no hay tareas que hacer.

Cuando ocurra, sentiréis que se ha encendido un fuego interior, lo que algunos llaman pasión, que nos dará la energía y la paciencia, y procurará un orden externo que permitirá que aquello a lo que tendemos se manifieste…no obstante, nada se hará en ti, sin ti.

Así que, la propuesta es que primero procuremos silencio, sobre todo mental.

Después, contactemos con nuestro corazón ; preguntémosle y, cuando nos conteste, demos el primer paso, informándole de que efectivamente lo hemos escuchado y nos hemos puesto en marcha.

Quizás nos sorprendan los resultados y hacia dónde nos lleve la Vida.

Luz y alegría

Tundra

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Los cuentos del agua

Vivía en un pueblecito, un personaje al que todos llamaban abuela María. La abuela María era conocida por todos por que había sido la antigua maestra de la escuela. Acostumbraba a llevar el cabello recogido en un moño y caminaba despacito por que sus piernas no podían hacer grandes esfuerzos, pero si mirabas sus ojos vivos y expresivos, parecía que les quedaba mucho por decir.

Acostumbraba a sentarse en un banco de la plaza mayor, a la sombra si era verano, y al solecito si empezaba a refrescar, y contaba historias a los niños; de hecho, era la mejor explicando cuentos. Sacaba del bolsillo de su delantal cualquier objeto que había recogido: una pinza de la ropa, un imperdible, un botón… y les proponía a los niños que hiciesen una frase bonita con él, continuando ella un relato de lo más inverosímil que alimentaba la imaginación de los niños. Sus cuentos estaban llenos de héroes que defendían la verdad y seres mágicos que, según ella, podían encontrarse en cualquier lugar del pueblo, si se llevaban los ojos bien abiertos. Para eso, para abrir los ojos interiores de aquellos niños, los invitaba a que los cerrasen; decía, que si las ventanas estaban abiertas había demasiadas distracciones y no descubrirían esa manera de mirar especial que ella les proponía.

Un día, al inicio del otoño, en una tarde en la que las hojas de los árboles planeaban suavemente sobre sus cabezas explicó el último cuento que se recuerda de ella.

El relato explicaba la vida de los habitantes de un valle muy bonito entre montañas donde se habían perdido las ganas de jugar y reír.

Los padres y madres de los chicos que allí habitaban tenían mucho trabajo en el campo, y los niños ya no salían a buscar lagartijas, ni ranas, ni sapos, ni explicaban nada cuando se sentaban a la mesa cerca de la chimenea a la hora de cenar.

Los chicos acostumbraban a sentarse en el empedrado que había detrás de la serrería cerca del río y dejaban pasar sin más las horas.

Entre ellos había una niña muy pequeña, a quien nadie prestaba atención. Observó aquella niña algo entre los matojos que se movía, y se acercó.

Se acercó, y pudo ver una niña como ella pero, algo distinta, tenía dos alitas. La niña, inocente como era, le preguntó cómo se llamaba y cuantos años tenía.

Tenía un nombre extraño: Nur, le dijo, y lo que más le sorprendió, parecía que tenía muchiiiiiiisimos años.

Era un hada, algo que no pareció sorprender a la niña y le contó que vivía en el bosquecillo que lindaba con el río.

Para celebrar tan agradable coincidencia, el hada le propuso a la niña ir a jugar juntas, a lo que ella preguntó: ¿qué es jugar?.

El hada abrió los ojos de par en par incrédula y le preguntó: ¿no has jugado al escondite? ¿Ni a sorprender a los animales en el bosque?, ¿No has jugado a ver la forma que tienen las nubes en el cielo?

La niña, sincera, le dijo que los chicos solamente se sentaban en el empedrado y que ella, como se aburría allí, iba a ayudar a mamá que siempre tenía muchas tareas que hacer.

Descubrieron juegos divertidos como jugar con las ranas que les hacían reír al saltar sobre sus barrigas desnudas, o imitaban los gestos de los ratoncillos de bosque.

Cuando volvió a casa a la hora de la cena, tenía mucho que explicar, pero allí todos estaban serios y no se atrevió a decir nada.

Pasaban los días y la niña aprendió a jugar, a reír… pero algo le preocupaba y es que, a parte de su nueva amiga secreta, todos en casa estaban serios y circunspectos.

Al hada aquello le pareció verdaderamente preocupante, así que le dijo que harían magia. Le pidió que llenara una botella de agua en la fuente a la que añadió una de sus alas. La agitó, y le dijo que se la diese a beber a sus amigos.

La niña andaba feliz hacia el empedrado cuando su hermano, en un arrebato, le cogió la botella y se la bebió toda de un suspiro dejándola a ella helada.

En su pensamiento surgió la reprimenda: ¡era para todos, no sólo para ti! …le decía en silencio.

Al volver esa noche a casa, su hermano estaba inusualmente comunicativo y hablaba por los codos. Nadie acertaba a entender qué pasaba salvo ella.

Al día siguiente, como es natural y ante tan espectacular resultado, la niña contó al hada lo sucedido y le pidió más agua…para el resto de los chicos que, al beberla, volvieron a casa transformados.

Tanta magia era difícil no compartirla, así que pidió más: para su madre, para sus tíos, para sus vecinos…

Al hada ya no le quedaban alas, y tardarían mucho en crecerle unas nuevas, así que le propuso disolverse en el agua de la fuente y cada sorbo que bebieran de allí transformaría sus vidas.

La niña no entendió bien lo que significaba disolverse en la fuente, pero convencida de que no perdería a su nueva amiga, accedió a la propuesta.

Nuestra hada salió del bosque y se sumergió en las aguas que alimentaban la fuente y, ¡oh sorpresa! Todo el pueblo empezó a sonreír, a bromear, a hablar mientras comían y a explicar historias alrededor de la chimenea por las noches.

Nadie supo del cambio, sólo la niña que iba cada día a la fuente a dar las gracias a su amiga.

La tarde en que la abuela María explicó este cuento, los niños del pueblo se fueron a casa pensando si en su pueblo habría alguna fuente mágica como la del cuento  de la abuela . Esa noche soñaron con caballeros, aventuras y seres que los mayores decían que no existían.

Durante una semana hizo muy mal tiempo, soplaba el viento, era desagradable estar en la calle y no hubo ocasión de volver a la plaza. Los niños echaban de menos los relatos de la abuela María así que el primer día que el tiempo acompañó, al salir de la escuela, se reunieron todos en la plaza esperando ansiosos otro cuento más.

La abuela María no apareció, de hecho, nunca más se supo nada más de ella. Encontraron su casa ordenada y la puerta abierta …todo un misterio.

Otro misterio alegraría poco después a los niños, pues al hacer obras en la plaza mayor, bajo el banco donde habitualmente se sentaba ella, salió un chorro de agua proveniente de un acuífero que cruzaba la plaza, hecho que fue aprovechado por la municipalidad para colocar una fuente.

A partir de entonces, se corrió la voz y los niños pasaban a buscar agua después del colegio diciendo que era el agua de la abuela María.

Las buenas lenguas dicen que aquellas aguas inspiraban las mentes de los niños, eran creativos y explicaban mil historias a la hora de cenar cuando se encontraban en familia.

Tanta fama llegó a tener la fuente de la plaza que se creó un concurso infantil en honor a la abuela María. Lo llamaron:” Los cuentos del agua”.

Fuese una leyenda o una casualidad, la inspiración había llegado a sus vidas a través de una fuente emblemática para que no se perdieran las sonrisas, los juegos y los relatos.

¿Qué aguas inspiran tu vida? ¿En qué aguas bebes?

Luz y alegría

Tundra

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