Nos encontramos otro mes más para hablar de la vista, la visión y las metáforas que podemos encontrar en nuestra vida.
Hay una forma de mirar que no se limita a los ojos. Una forma de ver que nace cuando la atención deja de dispersarse y empieza a sostenerse, suave pero firme, sobre lo que está vivo en este instante.
Nuestra realidad, al menos en occidente, está inmersa en una cultura que nos empuja a saltar constantemente: de una tarea a otra, de una pantalla a otra, de un pensamiento a otro. La atención fragmentada se ha vuelto casi el estado natural.
Y, sin embargo, nuestro sistema no está diseñado para vivir en ese salto permanente. Necesita continuidad. Necesita foco. Necesita, en el fondo, reposar en algo.
La atención sostenida no tiene tanto que ver con el esfuerzo tenso. Tiene poco que ver con “concentrarse” frunciendo el ceño y tensando la musculatura.
Es más bien una cualidad de presencia. Es cuando la mirada se posa y no huye, no escapa. Cuando el cuerpo deja de anticipar lo siguiente y permite que lo que está ocurriendo termine de desplegarse.
Y ese despliegue, a veces, genera incomodidad. Porque nos lleva a lugares poco habitados por nosotros. Y lo desconocido, muchas veces, también incomoda.
En la visión esto es muy evidente. Cuando miramos con prisa, vemos poco. Los ojos se mueven, sí, pero no llegan a contactar. Es una mirada que roza la superficie.
En cambio, cuando la atención se sostiene, la percepción se afina. Aparecen detalles, matices, profundidad. La imagen no solo se ve, se recibe.
Y aquí comienza algo interesante: esta forma de mirar no se queda en los ojos. Se traslada a la vida.
En ocasiones —y seguramente muchos nos hemos sentido así— cuando nuestra atención está dispersa aparece también una sensación de desorientación vital.
Muchas opciones, muchas ideas… y poca claridad.
Es como si todo estuviera disponible, pero nada terminara de tomar forma.
En cambio, cuando la atención aprende a sostenerse, algo se organiza internamente. No porque tengamos todas las respuestas, sino porque damos espacio y tiempo para que emerjan.
Y así, poco a poco, aquello donde ponemos el foco se vuelve más nítido.
En este mes en el que parece que todo arranca, como la primavera, empezamos a ver los brotes de nuestros propósitos personales. Aquellos que plantamos en invierno y que comienzan ahora a abrirse camino.
En su día, no buscamos el propósito en ningún lugar escondido. Nos dimos el tiempo y el espacio. Fuimos alejando esa dispersión que nos acompaña por doquier.
Creamos un espacio en el que nuestra atención dejó de huir de lo que ya estaba aquí.
Y quizá ahí, en ese gesto sencillo de quedarnos un poco más, algo empieza a cambiar.
Porque ver, en el fondo, no es solo percibir.
Es sostener.
Es permitir.
Es estar.
Y tal vez, justo ahí, cuando la atención deja de dispersarse, empezamos realmente a ver… y también a reconocernos en aquello que vemos.
Luz y alegría
Tundra
Copyright © Tundra de San Martin tundrasblog.com
