Noviembre llega con su propio lenguaje. Los árboles se despojan de lo que ya no les sirve, el aire se llena de hojas que llevan acabo su última danza antes de desaparecer, y la luz se vuelve más suave, más tenue, más íntima. Este es el mes en que la naturaleza nos recuerda que soltar es también una forma de vivir, que el cambio no siempre implica pérdida, sino renovación.
En este tiempo, mientras la vida parece recogerse lentamente hacia adentro, nuestros ojos también pueden aprender algo esencial: la mirada necesita moverse, fluir y dejar ir.
Los ojos, cuando están sanos y flexibles, se mueven con libertad. No se aferran a un punto, no capturan la realidad como si quisieran congelarla. No van en busca de nada porque nada debería ser capturado por ellos. Lo ideal sería que se deslizaran, exploraran y respiran el mundo a través del movimiento. En cambio, cuando la mirada se fija demasiado —en una pantalla, en una idea, en una preocupación—, los músculos oculares se tensan, y la visión se vuelve rígida. Lo mismo ocurre con nuestra manera de estar en la vida: cuando tratamos de retener lo que fue o controlar lo que vendrá, perdemos la claridad.
Visto así, ver es también saber soltar.
La naturaleza lo hace con elegancia cada año. Los árboles no se resisten a perder sus hojas. No intentan conservar su verde ni se lamentan por lo que cae. Simplemente obedecen el ciclo, confiando en que lo nuevo brotará cuando llegue el momento. Y sin embargo, nosotros, que tanto admiramos su belleza, seguimos intentando retener lo vivido, archivar imágenes, emociones, ideas, relaciones… Queremos “guardar” la realidad, como si la vista fuera una cámara que nos permitiera poseer lo que vemos.
Pero los ojos no están hechos para retener. Están hechos para recibir y dejar pasar.
Para mirar sin aprehender.
Para disfrutar el instante visual que se ofrece y permitir que se disuelva, igual que una hoja es llevada por el viento.
En la visión natural, aprender a ver implica también aprender a moverse. A moverse no solo con los ojos, cosa harto difícil en esta cultura sedentaria tanto física como mental. Cuando los ojos se mueven, el cuerpo se relaja; cuando la mirada se abre, la mente se expande. Es un proceso que nos enseña flexibilidad —no solo ocular, sino emocional y espiritual.
A veces creemos que la claridad depende de la agudeza visual, pero en realidad hay más factores que intervienen, nuestra capacidad de adaptarnos a los cambios de luz, de distancia, de enfoque. Los ojos saben hacerlo cuando les damos permiso. Y esa adaptabilidad es una metáfora de nuestra propia capacidad para aceptar lo que la vida nos ofrece sin rigidez, sin miedo.
Noviembre, con su energía escorpiana, nos invita precisamente a eso: a dejar morir lo que ya no necesitamos, a permitir que lo viejo se transforme. No desde la tristeza que implica la pérdida, sino desde la confianza. Escorpio nos enseña que la muerte es solo una fase del ciclo, que cada final es un preludio de algo nuevo.
Quizá este mes sea un buen momento para observarnos y quizás preguntarnos a qué imágenes sigo volviendo una y otra vez, a qué pensamientos o emociones me aferro aunque ya no me nutran.
Imagen de akuptsova en Pixabay
Tal vez puedas probar un pequeño ejercicio: mira a tu alrededor y deja que tus ojos se muevan libremente mientras te balanceas. Sin buscar nada, sin tratar de enfocar. Solo sentir cómo la mirada se desliza, cómo los músculos se relajan. Observa los colores del otoño, las texturas que cubren las avenidas o los parques, los matices de la luz. Deja que la vista se suavice. Y mientras lo haces, imagina que cada parpadeo es una forma de soltar, de limpiar, de vaciar lo que ya no necesitas retener.
La visión se renueva en el movimiento, igual que la vida. Cuando los ojos se abren al cambio, nosotros también lo hacemos.
Soltar visualmente es confiar en que no necesitamos guardar cada imagen para tenerla dentro. La vida nos muestra lo que necesitamos en cada instante. Si aprendemos a mirar con flexibilidad, nos damos cuenta de que ver no es poseer, sino participar.
Así, como los árboles en otoño, podemos aprender a vivir más ligeros, más libres, más disponibles.
A dejar caer lo que ya cumplió su función.
A permitir que la mirada —y la vida— respiren.
Porque solo quien se atreve a soltar, puede realmente ver.
Luz y alegría
Tundra
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Muchas gracias queridísima Tundra !! Maravilloso, profundo y realmente renovador este post🥰😍🤍 tus palabras me recuerdan que dejar ir no es perder, sino depurar; que mis ojos, mi cuerpo y mi vida también necesitan movimiento para ver con más verdad. Mientras te leía, sentí que cada hoja que cae en noviembre es también una idea fija, una emoción vieja, una imagen a la que ya no necesito aferrarme.
Gracias por poner en palabras este proceso tan escorpiano de muerte y renacimiento, de profundidad, de honestidad con una misma. Tu mirada me acompaña a mirar distinto, a soltar con más confianza y a vivir noviembre como una puerta a una nueva versión de mí. ✨
Gracias 🙏🤍❤️Luz y Alegría para ti también Tundra💕💕💕
Gracias a ti Cristina, en ti suena hermoso, vigoroso y prometedor…a disfrutar de la caida de la hoja y de ese soltar lo que no somos para SER… todo un planazo! Abrazotes
Gracias Tundra por poner en palabras todas las enseñanzas que nos ofrece el otoño y su relación con los ojos y la visión.
Un abrazo
Gracias a ti Adriana…que bonita oportunidad nos da el otoño para cocinarnos en silencio en el invierno y renacer en primavera…
y así cada vez ver más claro!.
Bss
Qué hermosa entrega querida Tundra.
Soltar de par en par… Para permitir que ingresen la Luz y Alegría.
Gracias!
Gracias a ti Dani por ser compi en este camino!
Abrazotes desde España