El 21 de diciembre, cuando llegue el solsticio de invierno, viviremos nuevamente la noche más larga y el día más corto del año. Será un nuevo punto de inflexión. En esta fecha tan simbólica, la naturaleza nos invita a reflexionar sobre nuestro propio proceso de autoconocimiento, como si el mundo quisiera recogerse en sí mismo, abrazando su propia sombra, antes de recordar que la luz, inevitablemente, volverá a crecer. A partir de ese día, con sutilidad, unos minutos silenciosos de luz empezarán a recuperar territorio. Y la oscuridad, que nos parece inabarcable, y que a veces intentamos contrarrestar con las luces navideñas por doquier, se irá retirando con la misma suavidad con la que llegó.
Cada año, la naturaleza nos ofrece un espejo. Nos recuerda que nuestros procesos internos siguen ciclos, igual que la luz y la oscuridad en el solsticio de invierno: noches largas que se hacen eternas, días que parecen encogerse. Cuando pienso en ello, viene a mi mente el dicho familiar: no hay mal que cien años dure. Y si me detengo un instante, quizá puedo descubrir que la sombra no es un pozo sin fondo, aunque a veces lo parezca, sino un lugar de transición, un espacio fértil que también ilumina.
En los últimos años, el concepto de “sombra” parece estar en boca de todos. Se trata de un término psicológico acuñado por el psiquiatra y psicólogo Carl Gustav Jung para describir los aspectos ocultos o reprimidos de la personalidad. Este concepto ha ganado relevancia en las terapias, el crecimiento personal y en los procesos de transformación interna y se habla de él con cierto respeto, quizá porque lo asociamos con lo que no queremos ver de nosotros mismos, con aquello que nos da vergüenza porque no encaja con la norma social. Sin embargo, en muchos caminos de autoconocimiento, es vista como un aliado, una parte íntima y esencial de nuestra humanidad, sin la cual no hay transformación, como tampoco hay amanecer sin noche previa.
La práctica del palmeo, un ejercicio sencillo pero profundamente revelador en la visión natural, puede convertirse en una metáfora de esta relación con la oscuridad. Al cubrir suavemente los ojos con las manos, permitimos que la luz desaparezca por completo. No hay estímulos visuales, no hay formas, no hay distracciones. Solo la negrura. Esta oscuridad consciente favorece la relajación, activa procesos internos y nos conecta con un estado de presencia, detectada por nuestra glándula pineal, que empieza a segregar melatonina. Esta hormona regula el sueño y, si se lo permitimos, nos conduce por estados previos en los que la relajación abre paso a información valiosa que emerge del vacío. El cuerpo empieza a hablar y si escuchamos con atención percibimos : un latido que se calma, una respiración que se hace más profunda, un músculo que deja de sostener una tensión antigua.
En ese silencio sin luz no solo aflora información, sino que sucede algo muy valioso: hay “cosas” que desaparecen, que se deshacen, que se disuelven. La mente baja sus revoluciones, las prisas dejan de correr, la autoexigencia atenúa su volumen y el “tener que ver” se diluye en una oscuridad amable.
Lo mismo ocurre con nuestras sombras emocionales. Cuando las evitamos, se intensifican. Cuando las iluminamos de golpe, sin darles su espacio y su tiempo, se defienden. Pero cuando las sostenemos entre las manos, igual que hacemos con nuestros ojos durante el palmeo, empiezan a transformarse. No desaparecen: se aceptan. Y en esa aceptación nace la verdadera integración, como deberíamos aceptar nuestra humanidad y, con ella, nuestra falta de perfección. Desde ese lugar más amoroso, acaban integrándose. Se vuelven maestras en lugar de monstruos.
Cada 21 de diciembre, la Tierra nos regala una lección de paciencia que quizá podríamos aplicarnos a nosotros mismos. Nos muestra que la noche más larga es solo un punto de inflexión, un umbral en el que, hasta entonces, hemos podido permitirnos vivir nuestra propia noche interna. Quizá necesitábamos descanso; quizá debíamos sostener emociones en silencio; quizá hay heridas que requieren oscuridad para poder cicatrizar.
El palmeo puede acompañarnos en este gesto. Cerrar los ojos. Cubrirlos con las manos. Permitir que la oscuridad externa haga acto de presencia y se encuentre con la oscuridad interna. Y desde ahí, escuchar. No para huir ni para quedarnos atrapados, sino para permitir que la luz interna vuelva a emerger con suavidad, igual que sucede en el solsticio cuando los días comienzan a alargarse.
Me parece precioso pensar que la luz no se impone a la oscuridad, sino que le da su tiempo y su espacio, permitiéndole cumplir su función.
Visto así, podemos dejarnos “oscurecer” sin miedo, confiando que la luz encontrará de nuevo el camino para hacer acto de presencia.
Luz y alegría
Felices Fiestas y un luminoso solsticio de invierno.
Tundra
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