Ver para creer, creer para ver: el punto ciego del cambio

Volvemos este septiembre con nuestros post…este año y con la cantidad de cambios que se están produciendo en general me parecía adecuado abordar cómo miramos en el cambio o en el caos, sea lo que sea que eso signifique para cada uno…

Hay una frase que repetimos sin pensarla mucho: “ver para creer”. La decimos como si mirar fuera un acto neutral, como si los ojos captaran la realidad tal cual es, sin filtros ni intermediarios.

Lo que pensamos, lo que tememos, lo que esperamos: todo eso decide, de alguna manera, qué es lo que nuestros ojos terminan encontrando. Dos personas pueden mirar exactamente la misma escena y quedarse con imágenes completamente distintas. No porque una vea “bien” y la otra “mal”, sino porque cada una llega con una historia distinta detrás de los ojos.

Esto se vuelve especialmente claro en las épocas de cambio. Cuando todo se mueve, cuando lo que dábamos por seguro empieza a tambalear, nuestra mente busca refugio en lo conocido. Y ahí aparece algo curioso: empezamos a ver lo que ya esperábamos ver. Si creemos que algo va a salir mal, encontramos señales de que efectivamente va mal. Si creemos que hay una oportunidad, de pronto las oportunidades parecen estar en todos lados. No es magia ni casualidad: es que la mente, ante la incertidumbre, se aferra a marcos que ya conoce para no sentirse perdida.

Y aquí es donde entra el punto ciego del cambio.

Todo proceso de transformación tiene una zona que no alcanzamos a ver, no porque esté oculta, sino porque nuestra propia mirada la bloquea. Es como el punto ciego del ojo humano: existe un lugar exacto en la retina donde no hay receptores visuales, y sin embargo no lo notamos, porque el cerebro rellena ese hueco con lo que “cree” que debería estar ahí. Literalmente inventa información para que no sintamos el vacío.

Con el cambio pasa algo parecido. Cuando algo se transforma —un trabajo, una relación, una ciudad, una forma de vida— hay zonas a las  que no podemos acceder con claridad, y nuestra mente, incómoda con esa falta de información, rellena los huecos con suposiciones. A veces esas suposiciones nos ayudan. Muchas otras, nos encierran en una versión de la realidad que no es del todo cierta, simplemente porque es la que esperábamos encontrar.

¿Qué hacemos entonces? No se trata de desconfiar de todo lo que vemos, ni de vivir cuestionando cada percepción. Se trata, más bien, de hacer una pausa antes de dar por hecho que lo que creemos ver es exactamente lo que hay. Preguntarnos: ¿estoy viendo esto porque está ahí, o porque ya esperaba encontrarlo?

Aprender a notar el propio punto ciego es un ejercicio de humildad visual. Es aceptar que ninguna mirada es completa, que siempre hay algo que se nos escapa, y que eso no nos hace ver mal: nos hace humanos. La clave está en no rellenar esos huecos de forma automática, sino con curiosidad. Preguntar antes de asumir. Observar antes de concluir.

En tiempos de cambio, esta capacidad se vuelve todavía más valiosa. Porque cuanto más nos movemos hacia lo desconocido, más tentador resulta aferrarnos a lo que ya creemos saber. Y sin embargo, ahí —justo en ese punto ciego— suele estar lo nuevo, esperando a que aprendamos a mirarlo sin prejuicios.

Ver para creer, sí. Pero también creer para ver. Y sobre todo, aprender a notar cuándo una cosa está distorsionando a la otra, ¿no te parece?

Luz y alegría

Tundra

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