ROMA

Cuando leí el escrito que nos envió María Teresa, pensé en que todos tenemos un lugar en el cual se reconforta nuestra alma y al que volvemos para recomponernos cuando nos sentimos frágiles, faltos de energía o simplemente necesitamos un paréntesis. Para algunos será un lugar de vacaciones, para otros aquella cafetería donde se sintieron como en casa, para otros quizás la manta que los arropa cuando sienten frío…y hay tantos tipos de frío…

Es hermoso tener ese lugar que forma parte de nuestro recuerdo y que nos hace sentir seguros, no obstante, os quiero compartir algo y la reflexión que me hice algunos años después por si os puede ser útil.

Hubo un lugar en el que fui muy feliz y al que volvía mentalmente de forma sistemática durante mucho tiempo después, diciendo que había dejado allí parte de mi corazón.

Volví físicamente a ese lugar 10 años después. Aquel lugar, ya no era aquel lugar, había cambiado y yo seguía atrapada a la emoción que me vinculó a él y me pregunté: para qué seguía volviendo allí en mi mente, si aquel lugar era el de hacía 10 años, donde vivió la Tundra de hacía 10 años y habían sucedido cosas hermosas hacía 10 años. Esas “visitas” estaban obstaculizando vivir en el momento en el que estaba y donde estaba perdiéndome lo que sí estaba sucediendo.

Os confesaré que cuando me hago esas preguntas, no puedo obviar respondérmelas y, como no me escucha nadie, cosa que podría llevarme a querer dar una imagen impecable, tengo que ser sincera conmigo misma… y me encuentro con perlas preciosas en mi vida. A veces las siento como bofetones de realidad, pero acaban siendo momentos cruciales en los que no me queda otra que elegir si seguir en lo que ya no es o vivir lo que sí es. Lo que decida será lícito, si esa es mi elección, no obstante…¿me hará feliz cualquiera de ellas?

“Ciudad eterna, mi amor oculto, mi pasión, ROMA.
Creo que todo empezó en ese viaje, ese viaje en familia que no fue para nada tranquilo y placentero, pero en la mente de una niña de 8 años curiosa y sensible, causó estragos.
Fue un viaje en caravana, con unos amigos de mis padres, con hijos adolescentes que me ignoraban, sin malicia alguna pero,¡era lógico!, nada teníamos en común, yo era un incordio.
Vi cosas bonitas, “grandes”, interesantes, imponentes, “antiguas”. Para mí que fueran antiguas era súper importante.
Poder tocar el busto de un César del que no me importaba su nombre, pero sí su historia, poder reseguir con mis manos ignorantes su cara, me hacia estremecer, vibrar.
Lo recuerdo con tanta nitidez, que creo haber vivido un sueño.
¿Cómo podía explicar a mis padres que sentía placer al estar rodeada de tanta historia?.
Que me sentía diferente, privilegiada, afortunada.
Pensar que estaba pisando el suelo, respirando el aire, viendo un atardecer desde una de las siete colinas de Roma, tampoco recuerdo cual, rodeada de jóvenes parejas besándose, ajenas a las miradas indiscretas, me hizo descubrir entre otras cosas, de forma prematura, el placer, el goce, en esa ciudad.
Imaginar que una niña “de hacía 1.000 años”, como yo decía, pudo tener mis mismas sensaciones, mis mismos pensamientos, ver lo que yo estaba viendo, era suficiente para hacerme viajar, fantasear, me sentía feliz y me evadía.
Me evadía del caos, sufrimos un robo, un accidente, sufrimos a mi padre y su carácter.
Pero qué importaba eso, ¡estaba en el país más bonito del mundo! Vimos ciudades fantásticas, Florencia, Venecia, Pisa; visitamos pequeños pueblos tranquilos, vivimos la amabilidad de su gente.
Pero Roma fue única.
La Fontana de Trevi me impactó, tan grande, tan sucia, tan bonita, una pequeña joya escondida entre callejuelas ruidosas y caóticas. Era una fuente mágica; le tirabas una moneda y pedías un deseo, aún recuerdo con exactitud lo que pedí: “tener gemelos y casarme con mi primo”, mi tierno amor de infancia.
Por fortuna, mi moneda nunca llegó a permanecer demasiado tiempo en el agua. Había dos chicos en ropa interior pescando ávidamente las monedas, incluida la mía, que lancé con tanto ímpetu, pasión y fé.

Eso sí me impacto, pensé que esos chicos con sus calzoncillos de color indeterminado, que en algún momento habían sido blancos, su descaro, su simpatía, su delgadez, no se parecían en nada a las figuras masculinas que tenían a sus espaldas, tan bellas, tan rígidas, tan frías.

Sentí cierta lástima por ellos y en ese momento dejé de creer en la magia de la Fontana, pero no en la magia de la ciudad.
Una magia que sigue viva en mi.
En Roma me siento en casa.”

Con el deseo de que todos tengáis una Roma en vuestro interior en la que os podáis sentir como en casa, me despido hasta la próxima ocasión, no sin agradecer antes a María Teresa que haya compartido una experiencia que, sin duda, marcó un antes y un después en su vida y ocupa un lugar especial en su sentir.

Nos volveremos a encontrar el año próximo con la celebración de un nacimiento …pero eso será el próximo año.

Desde aquí utilizo las palabras con las que mi abuelo hacía el brindis en estas fechas: “Siempre como ahora y mejor, lo que Dios quiera”.

Feliz Navidad y una amorosa entrada en el 2023.

Luz y alegría

Tundra

Únicos

Eres único.

¿Cuántas veces nos han dicho esa frase? ¿Cuántas veces la hemos leído? Y ¿cuánto sentido tiene para nosotros en el día a día?

Desde que somos pequeños de una manera u otra, se nos informa de nuestra “exclusividad”; hecho que se refuerza en la escuela, entiendo que con convicción por parte de los maestr@s que puede ver en cada uno aquello que nos hace verdaderamente únicos; esto tiene un momento estrella en la vida y es que cuando vas a hacerte el DNI  te recuerdan que no hay una huella dactilar idéntica a la tuya.

Hay entonces tantas circunstancias que nos informan de ello que deberíamos ser conscientes de lo que implica cada día de nuestra vida y no obstante, nos perdemos en la homogeneidad, en el no querer destacar y confundirnos con el resto olvidando así nuestra propia esencia.

¿Qué es nuestra propia esencia? ¿Qué es aquello que nos hace únicos?

Es cierto que la personas con las que nos relacionamos nos pueden dar idea de aquello que nos hace únicos pero sólo el mirarnos en nuestro propio espejo y escudriñarnos nos permite identificar aquello que sólo nosotros podemos aportar al mundo y que al descubrirlo dibuja una ligera sonrisa en nuestra cara.

Esa identificación de lo que es, no debería estar orientada a incrementar nuestro peso, al fin y al cabo, no somos “especiales” si es que ello tiene la connotación de colocarnos en una posición ventajosa con respecto a los demás. Como dijo en una ocasión una mujer bonita, Carmen, falta en el mundo lo que cada uno de nosotros deja de poner.

Identificar esa unicidad de cada cual, nos lleva a tomar responsabilidad, ¿no os parece?, porque si yo dejo de poner esas flores que se me antoja que faltan en la mesa, por poner un ejemplo, la mesa estará puesta, los comensales comerán, pero el ambiente seguramente no será el mismo, no se propiciaran determinado tipo de conversaciones, no se respirará la misma atmósfera…en definitiva, faltará la pincelada que cada quien da en su propia historia y en la de los otros.

Poner esas flores aporta algo significativo y trascendente, porque de qué está hecha nuestra historia si no de aparentes casualidades (a las que a veces no damos importancia), de pequeños detalles, de olores, de miradas cruzadas al vuelo que nos llevan a escribir nuevos capítulos.

En esta sociedad en las que las tendencias crean clanes, y los clanes nos dan sostén para identificarnos, ¿cuán difícil es sostenerse solo en esa unicidad que se es?

Acaso requiera fortalecer nuestra estructura, nuestra musculatura, nuestros ligamentos dándonos firmeza, que no rigidez.

Si soy distinto, lo fácil es que sea objeto de juicio, por parte de mi mismo y por parte de los que me rodean, un juicio que tiene como referencia un modelo estándar y que parece tener el objetivo de cortarnos a todos por el mismo patrón.

¿No es acaso difícil sostenerse en esa unicidad que soy si mi familia o el entorno me informa constantemente de que salí de la cancha de juego porque no decidí ponerme el traje de chaqueta si no colocarme un manferlan con el que me siento más cómodo o más yo?

¿Cómo lidio con mi propio juicio y con mi necesidad de no estar solo y pertenecer al clan que me sostiene y al que parece que tengo que ser fiel?

Y si soy capaz de sostener eso que me hace único, ¿cómo gestiono la unicidad de mi vecino, de mi compañero de trabajo, esto es, de los otros?

A veces se nos hace difícil incluir en nuestro cuadro las distintas posibilidades que ofrece la vida. Seguramente no nos gustan todas las tendencias gastronómicas, pero ¿podemos aceptarlas y permitir que coexistan con nosotros sin que eso nos suponga una agresión o una invasión de lo que hemos decidido implícitamente llamar “nuestro patio”?

Es interesante observarse en las reacciones que tenemos con respecto a nosotros mismos; fijaos, cuantas veces se nos ocurre alguna cosa y la descartamos simplemente porque no forma parte del elenco de posibilidades que constaba en nuestro libro…un libro escrito por tantos, y en el que pocas veces cogemos nosotros mismos la pluma.

Condicionados por todo aquello que nos rodea, por la tradición, por lo que “debe ser” ¿quién escribe entonces verdaderamente nuestro libro? ¿Nos damos la oportunidad de crear espacios en los que podamos identificar ese perfume que nos es característico y que sólo nosotros podemos traer aquí y ahora (si decidimos hacerlo conscientemente)?

No me refiero solamente a qué hago, qué pienso o qué digo si no a desde dónde lo hago…ummm, eso sí que le da una nota distinta e irrepetible a nuestro vino.

Escribo esto en la estación que nos invita a volver a casa después de haber vivido fuera de ella 24/7 ( 24 horas , los 7 días de la semana) durante el largo verano, un verano este año, que parece no querer abandonarnos, y aun así, el cuerpo nos va diciendo que ya no apetece el helado y que la sandía dejó de estar en el mercado ( metafóricamente hablando… que ahora encontramos de todo en todo momento) y la vida toca a “recogida” una vez más .

Con el deseo de que esta reflexión os acompañe en ese mirarnos cara a cara a nosotros mismos para poder mostrar aquello que nos hace únicos, os dejo hasta la próxima ocasión en la que, os avanzo, nos iremos de viaje de la mano de otra de nuestras lectoras.

Gracias por estar ahí.

Luz y alegría

Tundra

Tundra

 

Copyright © Tundra de San Martin tundrasblog.com

Mundo de colores

Os presento el relato que nos ofrece una de nuestras lectoras.

Marisol nos trae la visión, nos trae el sentimiento y la Fe de que somos más allá de lo que vemos y tocamos y, a través de su reflexión podemos percibir cuan frágiles podemos ser a esas oscilaciones de la mente que ponen aleatoriamente colores y pueden condicionar nuestra vida.

La creencia de que cada día podemos elegir qué color nos ayudaría a que nuestra experiencia sea más armónica con todo aquello que nos rodea y la certeza de que dentro de nosotros están todas las respuestas si nos damos el tiempo y el espacio suficiente, me lleva a dejaros en sus manos.

Feliz entrada en el multicolor otoño.

Seguramente, a todos os es familiar la frase de: “las cosas se ven según el color de las lentes con las que las miramos”; y es cierto, porque depende mucho del estado emocional de la persona. Si nos sentimos bien, todo aquello que pasa por nuestro cerebro lo vamos a ver estimulante; en cambio, si estoy triste o de malhumor, lo veo todo teñido de un tono grisáceo donde no llega la luz del sol.

Me gustaría compartir mi punto de vista y para ello, voy a ponerle “entusiasmo”.

Con la atracción y mi entusiasmo, todas aquellas cosas que mis ojos pueden percibir las veré desde mi lado positivo.

En este universo en el que estamos acoplados lo vemos todo tan grande porque está muy cerca de nosotros y así lo percibimos. En cambio, si volamos en avión lo vemos reducido, y no digo nada de la diferencia que podría existir si subimos más alto. Sería tan pequeño el mundo que nos parecería como un punto donde solo se podría clavar un alfiler.

Desde este mundo en el que estoy quiero contaros algo de lo que me pasó hace algún tiempo, y, como no, darle algún colorido especial a este pequeño relato. Comenzaré hablando de los miedos, esos que nuestro mismo cerebro pone ante nosotros como una barrera; al sentir ese impedimento nos paramos para no enfrentarnos a esa circunstancia que, sin estar, nos asusta por lo que pueda traernos de sorpresa. Y aquí entro yo con mi sorpresa…

Ocurrió cuando pasé un año entero sin dormir, ya que con el más pequeño de mis hijos, desde que nació, no había manera de que durmiera tres horas seguidas por la noche. Ese miedo a no poder descansar me llevó a buscar una solución y me decidí a realizar algo diferente, con la intención de darle salida a lo que me preocupaba. Tomé esa decisión, sin saber nada del resultado final, y puse mi voluntad en aquel empeño.

Decidí que el niño dejara la cuna y lo acosté esa noche en otra habitación y en una cama igual que los demás. Y, ¡Oh, sorpresa ¡esa noche solamente se despertó a las cinco de la mañana, después de tomarse el biberón se volvió a dormir y no se volvió a despertar hasta las ocho o las nueve. Todo había salido perfecto. Pensé que podría haberlo intentado antes, aunque, tal vez, ese era el momento preciso para que sucediera.

“Queremos que pase todo

como nos lo proponemos,

tal vez, porque no entendemos

que no tenemos el modo.

Si estamos codo con codo

estudiando algún problema,

podremos ver el emblema

que nos muestre lo buscado

y si lo hemos encontrado

ya tendremos el esquema.

Estará solucionado

Si el miedo ya no nos quema.

Con esto quisiera transmitir, que todos los miedos se pueden superar, aunque alguno de ellos nos asalten y sorprendan en el camino. Todo es cuestión de pensar, y de buscar dentro de nosotros mismos esas ideas que nos aguardan hasta que decidimos hacer uso de ellas para nuestro beneficio y el de los demás, pues “alguien”, no sé “quién”, las pone en nuestro haber antes de nuestra existencia. Y, en ese “alguien” pongo al Todopoderoso que nos ha creado, llamadle como queráis; partiendo de la Fe que he recibido que convive junto a la Esperanza y el Amor.

¡Ah!, el Amor, ese Amor (con mayúsculas) que a todos nos envuelve.

En este mundo hay infinidad de colores y, hoy, en este campo tal vez cultivado de trigo donde crecen amapolas y en el que estoy insertada, resalto un poco su color rojo,  al que  hoy voy a añadirle unos tonos variados, como el rosa, el amarillo, el violeta,  acoplando todos los colores del arco iris ,así cuando lo miremos desde nuestro ángulo se entusiasmará nuestra mirada.

Todas, absolutamente todas las personas estamos acopladas como en un círculo perfecto en el que vivimos  y en el que cada persona ocupa un lugar, sin que nadie se lo pueda arrebatar.

Como ejemplo, con la imaginación, dibujaré una mesa redonda con un jarrón de flores en el centro, y todos sentados alrededor de ese círculo veremos la imagen diferente. Cada persona la verá distinta.  Cada cual verá la escena desde el ángulo, en el que está acoplado, y habrá diversidad entre todos los presentes. 

Esta imagen me facilita el poder escuchar a los demás y, al tiempo, poder comunicar mi  idea, porque de eso se trata cuando hablamos, de compartir.

Dicen que un círculo tiene 360º, o sea que serían 360 personas con su opinión. Y no digo nada si el círculo se ensancha tanto como para acoplar a todos los seres humanos.

No sabría decir el número exacto, pero sé que cada uno ocupa un lugar en el espacio, sin que nada ni nadie nos lo pueda arrebatar, porque así hemos sido creados.

Venimos a este mundo en libertad; en plena libertad para encontrar, hacer o imaginar desde dónde nos viene tan preciado regalo que, todos, buscamos para ser felices.”

Y aquí finaliza el texto que compartió con nosotros Marisol y a la que agradecemos su participación.

Hasta nuestro próximo encuentro os deseo luz y alegría.

Tundra

AMAPOLAS EN EL CAMINO -1

Llegó el mes de septiembre y con él, los inicios de un nuevo ciclo.

La vuelta al cole da el pistoletazo de salida a esos proyectos que se iniciaron en nuestras mentes en primavera y empezaron a ver la luz a principios de verano para que, madurados bajo el calor y el sol de estos meses, empiecen a mostrarse ahora.

Os propuse que compartiésemos espacio para enriquecer, con las experiencias de algunos de vosotros, aprendizajes, vivencias y sentires… porque cuántas veces hemos creído que algo que nos ha pasado o hemos sentido es único y, al compartirlo, surgen otros que responden: ¡a mí también me pasó!

En ocasiones, compartir las experiencias nos permite quitarle hierro, otras encontramos  soluciones conjuntas u opciones que otros encontraron y nosotros no vemos…En fin, que en mi opinión, compartir según qué cuestiones vividas en silencio y  que pertenecen a la esfera de lo íntimo  es generar un sostén, a veces inconscientemente percibido por quien pasa por una circunstancia parecida a la descrita… y ya no estás solo en tu experiencia, porque hay alguien que puso negro sobre blanco a aquello que tú estás viviendo.

Bien, pues con esa pretensión os sugerí: Amapolas en el camino.

La amapola tiene una connotación especial en mi vida. Es una flor que llama la atención creciendo entre los trigales y al tiempo es delicada y frágil. Vuestros escritos, a mi parecer, serán como esas amapolas: para algunos serán un mensaje que les recuerde que no están sol@s en su experiencia…y es que ¡otros pasaron por ahí!, y al tiempo son delicados y deben cuidarse como tales, porque ellos  son el reflejo de los sentires que sustentan nuestras relaciones y los que conforman nuestro álbum y la memoria de nuestra vida colmada de experiencias.

Ante todo, quiero agradecer a todos aquell@s que me habéis enviado algún texto, vuestro tiempo y apertura.

Para iniciar este nuevo año lectivo, os diré, cómo me sentí yo hace unos días.

Os lo explico breve, que estamos todos acelerados reubicándonos en nuestros sitios para afrontar una vuelta más  lo conocido: nuestro horario de trabajo, el gimnasio, las actividades extras programadas… aunque sé que hay algunos que decidisteis cambiar un poco todo eso.

Hace tiempo que toco mi caracola y hace unos pocos días, mientras la tocaba tenía la sensación de que llamaba a todas las Tundras que he ido dejando desperdigadas por ahí éste último tiempo: a la que le chifla bañarse y se quedó en la playa de la infancia, a la que salió a explorar varios fines de semana entornos desconocidos, a la que leía bajo los árboles o  a la que compartía abanico en estas tórridas noches de verano; las llamaba como el maestro  llama a los niños en el patio de la escuela para entrar en clase. Fue una sensación extraña y al mismo tiempo la constatación y la necesidad de estar toda yo en lo que estoy emprendiendo.

Será que como llega el otoño y la luz va disminuyendo mi Ser, empieza a preparase para lo que llega y empieza a poner orden.

Os propongo que aquello que surgió en mí al azar, lo hagáis vosotros conscientemente… Llamad a todos vuestros yoes para encontraros en otoño en el mismo lugar, allí donde estés, y desde ahí, emprender un nuevo viaje.

Nos volvemos a encontrar el mes que viene con uno de esos textos preciosos que comparten… mientras tanto, ordenemos nuestro entorno y a nosotros mismos…el viaje está a punto de empezar.

Luz y alegría

Tundra

Tundra

 

Copyright © Tundra de San Martin tundrasblog.com

Y a ti, ¿qué te pasa?

Y a tí, ¿qué te pasa?

Eso le decía un chico a otro, en tono interrogador mientras yo pasaba por su lado camino a casa.

Nunca sabremos lo que aquel chico le contestó, si es que hubo alguna respuesta con sujeto, verbo y complementos, pero sí me dio pie a pensar en cuantas veces desde que se inició este precoz verano, he oído esa pregunta: Y a ti, ¿qué te pasa?

Es una pregunta que recoge una demanda con algunos matices. De una parte, muestra interés en lo que le pasa al otro y, al tiempo, hay un cierto sabor de fondo que parece recriminar que no se esté como unas castañuelas.

Parece que hay una pieza en el puzle que falta, o algo que no encaja o…vaya ud a saber…y sobre eso quería hablaros.

Si compartes con conocidos la situación,  la respuesta surge con inmediatez : ¡la culpa es del calor! …y cómo estas temperaturas, que exceden con mucho la capacidad de aguante de la media de la ciudadanía, sobre todo después de algunos días, están haciendo mella en el sistema nervioso de algunos, no permitiendo un descanso reparador ni el disfrute de la vida en la calle hasta que no avanza la tarde.

Se oye a algunos bendecir el ir a sus lugares de trabajo y gozar de un aire acondicionado que alivia un ambiente tan caluroso, mientras compadecen a aquellos que por su trabajo sudan lo que no está escrito en las carreteras, parques o pateando las calles.

Para esa respuesta inmediata, hay una tirita, que es llevar una vida (en la medida de nuestras posibilidades) ajustada a la estación y a las condiciones que nos rodean, no sólo respecto a nuestro trasiego laboral diario, si no a lo que comemos, a qué tipo de ejercicio hacemos…

Al margen del calor presente, y a pesar de ello, el sabor de lo que se percibe no tiene un registro dulce y alegre, pareciera que se convive con cierto malestar; está en el aire y uno piensa: quizás pueda ser la política internacional, y no sería para menos, el mundo, como diría mi abuela, está patas arriba; no obstante, quizás sea el momento de preguntarnos, si no lo hemos hecho antes, qué es lo que nos disgusta tanto y qué podemos hacer nosotros; qué es lo que está en nuestra mano para que ese sabor sea por lo menos neutro si no puede ser dulce.

¿Os suena a revista de autoayuda? Si lo es, no es mi pretensión, pero sí lo es enfocarnos en el autocuidado, y os diré por qué.

Nos pasamos la vida haciendo, moviéndonos y ese movimiento tiende a ser externo, dedicándonos  poco, muy poco a cosas muy sencillas y que tienen verdadero impacto en nosotros.

¿Nos preguntamos cómo reacciona nuestro organismo con ciertos alimentos?, ¿Cómo nos sienta lo que pensamos?, ¿Cómo nos sientan las decisiones que tomamos?.

Cada día en nuestra vida hemos de elegir y, a veces, el resultado de una elección, sobre todo si no nos gusta el resultado, puede dirigirse hacia los demás, no responsabilizándonos de sus efectos, abocando así una cantidad ingente de “basura “a nuestros conciudadanos, a ese aire que todos respiramos.

¿Sería quizás una buena opción aprovechar las vacaciones y propiciar lo que su etiología nos propone, esto es: estar libres y vacíos y así poder darnos cuenta de cómo nos relacionamos con lo que nos rodea y poder tomar conciencia de lo que nos hace bien?

Deseo que esa parada sea una realidad y nos permitamos la posibilidad de escucharnos y escuchar para poder movernos más armónicamente y poner algo de dulzor a este mundo que parece estar “patas arriba”.

Yo lo procuraré.

Buen verano a todos y gracias por compartir conmigo un año más.

Luz y alegría

Tundra

Fotografia Tundra de San Martin

 

Copyright © Tundra de San Martin tundrasblog.com

Los cuentos del agua

Vivía en un pueblecito, un personaje al que todos llamaban abuela María. La abuela María era conocida por todos por que había sido la antigua maestra de la escuela. Acostumbraba a llevar el cabello recogido en un moño y caminaba despacito por que sus piernas no podían hacer grandes esfuerzos, pero si mirabas sus ojos vivos y expresivos, parecía que les quedaba mucho por decir.

Acostumbraba a sentarse en un banco de la plaza mayor, a la sombra si era verano, y al solecito si empezaba a refrescar, y contaba historias a los niños; de hecho, era la mejor explicando cuentos. Sacaba del bolsillo de su delantal cualquier objeto que había recogido: una pinza de la ropa, un imperdible, un botón… y les proponía a los niños que hiciesen una frase bonita con él, continuando ella un relato de lo más inverosímil que alimentaba la imaginación de los niños. Sus cuentos estaban llenos de héroes que defendían la verdad y seres mágicos que, según ella, podían encontrarse en cualquier lugar del pueblo, si se llevaban los ojos bien abiertos. Para eso, para abrir los ojos interiores de aquellos niños, los invitaba a que los cerrasen; decía, que si las ventanas estaban abiertas había demasiadas distracciones y no descubrirían esa manera de mirar especial que ella les proponía.

Un día, al inicio del otoño, en una tarde en la que las hojas de los árboles planeaban suavemente sobre sus cabezas explicó el último cuento que se recuerda de ella.

El relato explicaba la vida de los habitantes de un valle muy bonito entre montañas donde se habían perdido las ganas de jugar y reír.

Los padres y madres de los chicos que allí habitaban tenían mucho trabajo en el campo, y los niños ya no salían a buscar lagartijas, ni ranas, ni sapos, ni explicaban nada cuando se sentaban a la mesa cerca de la chimenea a la hora de cenar.

Los chicos acostumbraban a sentarse en el empedrado que había detrás de la serrería cerca del río y dejaban pasar sin más las horas.

Entre ellos había una niña muy pequeña, a quien nadie prestaba atención. Observó aquella niña algo entre los matojos que se movía, y se acercó.

Se acercó, y pudo ver una niña como ella pero, algo distinta, tenía dos alitas. La niña, inocente como era, le preguntó cómo se llamaba y cuantos años tenía.

Tenía un nombre extraño: Nur, le dijo, y lo que más le sorprendió, parecía que tenía muchiiiiiiisimos años.

Era un hada, algo que no pareció sorprender a la niña y le contó que vivía en el bosquecillo que lindaba con el río.

Para celebrar tan agradable coincidencia, el hada le propuso a la niña ir a jugar juntas, a lo que ella preguntó: ¿qué es jugar?.

El hada abrió los ojos de par en par incrédula y le preguntó: ¿no has jugado al escondite? ¿Ni a sorprender a los animales en el bosque?, ¿No has jugado a ver la forma que tienen las nubes en el cielo?

La niña, sincera, le dijo que los chicos solamente se sentaban en el empedrado y que ella, como se aburría allí, iba a ayudar a mamá que siempre tenía muchas tareas que hacer.

Descubrieron juegos divertidos como jugar con las ranas que les hacían reír al saltar sobre sus barrigas desnudas, o imitaban los gestos de los ratoncillos de bosque.

Cuando volvió a casa a la hora de la cena, tenía mucho que explicar, pero allí todos estaban serios y no se atrevió a decir nada.

Pasaban los días y la niña aprendió a jugar, a reír… pero algo le preocupaba y es que, a parte de su nueva amiga secreta, todos en casa estaban serios y circunspectos.

Al hada aquello le pareció verdaderamente preocupante, así que le dijo que harían magia. Le pidió que llenara una botella de agua en la fuente a la que añadió una de sus alas. La agitó, y le dijo que se la diese a beber a sus amigos.

La niña andaba feliz hacia el empedrado cuando su hermano, en un arrebato, le cogió la botella y se la bebió toda de un suspiro dejándola a ella helada.

En su pensamiento surgió la reprimenda: ¡era para todos, no sólo para ti! …le decía en silencio.

Al volver esa noche a casa, su hermano estaba inusualmente comunicativo y hablaba por los codos. Nadie acertaba a entender qué pasaba salvo ella.

Al día siguiente, como es natural y ante tan espectacular resultado, la niña contó al hada lo sucedido y le pidió más agua…para el resto de los chicos que, al beberla, volvieron a casa transformados.

Tanta magia era difícil no compartirla, así que pidió más: para su madre, para sus tíos, para sus vecinos…

Al hada ya no le quedaban alas, y tardarían mucho en crecerle unas nuevas, así que le propuso disolverse en el agua de la fuente y cada sorbo que bebieran de allí transformaría sus vidas.

La niña no entendió bien lo que significaba disolverse en la fuente, pero convencida de que no perdería a su nueva amiga, accedió a la propuesta.

Nuestra hada salió del bosque y se sumergió en las aguas que alimentaban la fuente y, ¡oh sorpresa! Todo el pueblo empezó a sonreír, a bromear, a hablar mientras comían y a explicar historias alrededor de la chimenea por las noches.

Nadie supo del cambio, sólo la niña que iba cada día a la fuente a dar las gracias a su amiga.

La tarde en que la abuela María explicó este cuento, los niños del pueblo se fueron a casa pensando si en su pueblo habría alguna fuente mágica como la del cuento  de la abuela . Esa noche soñaron con caballeros, aventuras y seres que los mayores decían que no existían.

Durante una semana hizo muy mal tiempo, soplaba el viento, era desagradable estar en la calle y no hubo ocasión de volver a la plaza. Los niños echaban de menos los relatos de la abuela María así que el primer día que el tiempo acompañó, al salir de la escuela, se reunieron todos en la plaza esperando ansiosos otro cuento más.

La abuela María no apareció, de hecho, nunca más se supo nada más de ella. Encontraron su casa ordenada y la puerta abierta …todo un misterio.

Otro misterio alegraría poco después a los niños, pues al hacer obras en la plaza mayor, bajo el banco donde habitualmente se sentaba ella, salió un chorro de agua proveniente de un acuífero que cruzaba la plaza, hecho que fue aprovechado por la municipalidad para colocar una fuente.

A partir de entonces, se corrió la voz y los niños pasaban a buscar agua después del colegio diciendo que era el agua de la abuela María.

Las buenas lenguas dicen que aquellas aguas inspiraban las mentes de los niños, eran creativos y explicaban mil historias a la hora de cenar cuando se encontraban en familia.

Tanta fama llegó a tener la fuente de la plaza que se creó un concurso infantil en honor a la abuela María. Lo llamaron:” Los cuentos del agua”.

Fuese una leyenda o una casualidad, la inspiración había llegado a sus vidas a través de una fuente emblemática para que no se perdieran las sonrisas, los juegos y los relatos.

¿Qué aguas inspiran tu vida? ¿En qué aguas bebes?

Luz y alegría

Tundra

Fotografia Tundra de San Martin

 

Copyright © Tundra de San Martin tundrasblog.com

AMAPOLAS EN EL CAMINO

Queridos lectores y amigos,

Os envío esta nota fuera de nuestro tiempo de encuentro con la idea de lanzar una propuesta.

Vosotros decidiréis si os queréis sumar y si creéis que alguna de vuestras experiencias o descubrimientos, en lo que lleváis vivido, pueden ser útiles para todos nosotros y así poder compartirlas.

La propuesta consiste en:

-Crear un espacio nuevo que llamaremos: Amapolas en el camino.

-Recogerá un escrito mensual aportado por alguno de vosotros, que alternaré con uno de mis escritos mensuales. Por tanto, seleccionaré 11 textos.

Temática: alguna experiencia o aprendizaje que haya sido valioso para tu vida.

-Longitud del texto: menos de 1000 palabras

-Idioma: Castellano (eso permitirá que aquellos que nos leen desde otros países puedan seguir haciéndolo).

Podrá aparecer vuestro nombre, un pseudónimo o, simplemente, si no queréis compartir la autoría, se publicará como anónimo.

-Si queréis enviar audio con el texto grabado, estaré encantada de que otras voces compartan espacio en mi blog; si no, lo grabaré yo, ya que el audio no tiene otra intención que lo que escribimos llegue a gente con dificultad visual o de lectoescritura, que fue el motivo por el cual lo incluí.

El por qué de este espacio, no es otro que el de dar un lugar para compartir a aquellos que me habéis manifestado que tenéis algo que decir, o que os gustaría transmitir  alguna experiencia o algún aprendizaje, por que quizás les puede ser útil a otros. 

Abro la convocatoria hoy 1 de junio y la cerraré el 31 de agosto.

Vivid, experimentad y compartid

¿Qué puede ser más nutritivo?

 

Enviad vuestros escritos o dudas al siguiente mail:

amapolasenelcamino@gmail.com

 

¿OS ANIMAIS?

Uno sabe lo que escribe, pero nunca a quién o a dónde llega y tampoco el efecto que causa. Es una de las maravillas de escribir.

Que lo que compartamos sea en beneficio mutuo y nos aporte luz y alegría.

 

Los autores de aquellos textos que sean seleccionados recibirán uno de los libros publicados con el agradecimiento de todos aquellos a quienes su vivencia  pueda ser útil.

En el caso de que decidáis participar informo que cedéis vuestro texto en beneficio de los que nos leerán. Es un espacio abierto, no remunerado.

GRACIAS A TODOS !

Desde mi balcón 4

¿Qué es vivir?

A raíz de una pequeña conversación con una conocida, a quien también le gusta escribir, se coló en mí esta pregunta.

Os trasladaré el hilo conductor de la reflexión con la intención de que compartáis si queréis y tenéis tiempo conmigo y con los que nos puedan leer, qué significa para vosotros vivir.

Veréis, la conversación se inició a raíz de cómo se buscaba el momento creativo. Algunos lo hacen en silencio, ella me decía: Tundra, para escribir, tengo que vivir.

Esa respuesta me hizo preguntarme qué era vivir para mí.

Hay una práctica común en el yoga y en el budismo y seguramente en otras disciplinas que propone centrar la atención en la respiración.

Cuando se práctica, sobre todo al principio, observas cómo tu mente está en todos sitios menos en la respiración, que es el objeto de la práctica, y delante de tal cuadro nos damos cuenta de que la mayoría de las veces nuestra mente está recordando lo que ya pasó o planificando lo que querremos hacer.

La mención de “aquí y ahora” que tan de moda se puso ya hace algunos años, se evidenciaba como algo no tan fácil de conseguir a pesar de la voluntad y la conciencia que se intenta poner al hacer el ejercicio.

La mente utiliza, de motu propio, una cantidad ingente de trucos para llevarnos lejos de donde estamos y captura nuestra atención a través de las emociones, a través de los sentidos. Observarla es espectacular, al igual que ver lo vulnerables que somos a ella.

Así que estamos de cuerpo presente y con la mente ausente.

En el mundo del yoga muchos la han asimilado a un mono, no es por que sí.

Mono

¿No os ha pasado en alguna ocasión que habéis saboreado más una experiencia recordándola o planificándola que en el mismo momento en que ocurrió?

¿Qué pasa entonces cuando está aconteciendo la situación?

En ocasiones me reconozco haciendo ese juego de saltimbanqui en el que una parte de mi cerebro está presente y otra programando que haré más tarde…así que, reconozco que no estoy toda yo allí viviendo lo que pasa y pienso en que hay una parte de mí que se perdió la vivencia, pasó detalles por alto, o interpretó con información parcial una situación porque no estaba del todo allí.

Normalmente no nos damos cuenta de eso porque llevamos una vida cuya velocidad de crucero, a pesar de ser considerada normal, no lo es.

Si soy capaz de darme cuenta y centro mi atención en la respiración, los días de más fortuna no salto hacia atrás y adelante como una pelota de ping pong en la línea del tiempo.

En mi caso, la naturaleza y la armonía que encuentro en la música o la lectura capturan a ese mono saltarín permitiéndome estar presente.

Tumbas

Viene a mi memoria un cuento que leí en algún lugar, en el que se relataba una imagen que tardé en entender, no ya conceptualmente, si no desde el punto de vista del sentir.

Se hablaba de un pueblo en el que había un cementerio donde en cada una de las lápidas constaba el tiempo vivido de los que estaban allí enterrados.

Alguien hicía la reflexión de que en aquel pueblo la gente moría muy joven, y es que, en la lápida, se reflejaba el tiempo que realmente habían vivido.

Cuando caí en la cuenta de la poca presencia real que en ocasiones hay en nuestra vida, siempre yendo y viniendo, corriendo y o yendo a contrarreloj, pensé qué pondría en la mía.

¿Sería quizás una recién nacida? ¿Habría llegado al jardín de infancia?

Desde entonces me esfuerzo, unas veces con más fortuna que otras, a recordarme dónde estoy.

Vivir cada momento, sin tener que revivirlo para saborearlo…difícil tarea con el ágil mono que vive en mí.

Quizás, en algún momento llegue a domesticarlo de forma que siempre pueda estar donde quiera estar. En este caso, ahora, aquí con vosotros.

Y para vosotros ¿qué es vivir?

Luz y alegría

Tundra

 

Fotografia Tundra de San Martin

 

Copyright © Tundra de San Martin tundrasblog.com

STARGATE

Se llamaba Pablo y no tenía más que 7 años. Acostumbraba a merendar un sabroso bocadillo de chorizo, o mortadela, o jamón dulce en la cocina, sobre el hule estampado que protegía una mesa que había acompañado muchas conversaciones.

Pablo era un gran oyente. En su casa, lugar por el que pasaban unos y otros con mucha frecuencia por que su madre tenía siempre las puertas abiertas a todo aquel que necesitaba echar un ratito de cháchara, se cocían muchas cosas entre pucheros y mandiles, y él las presenciaba detrás de unas gafas que le permitían ver con más claridad lo que acontecía.

A diferencia de mamá, que era un torbellino inquieto, Pablo acostumbraba a llevar algún libro entre las manos. Sus preferencias eran los libros de aventuras y los tebeos en los que disfrutaba de un mundo de hazañas y peripecias que distaban mucho de su vida cotidiana.

-Niño, sal a jugar a la calle- le decía su madre después de que se hubiese comido el consabido bocadillo y su vaso de leche.

A Pablo, que por su constitución lo del movimiento le costaba un poco, no le nacía motivación suficiente para moverse del sofá o del sillón que había sido del abuelo, y que hacía ya unos años había quedado vacío. Así que mientras mamá centrifugaba por la casa y hablaba cual radio portátil ora con la vecina, ora con alguna visita inesperada, él se refugiaba en sus lecturas creando un paréntesis perfecto después de la jornada escolar.

Una de esas tardes, vino Luís, su vecino, a buscarlo. Les faltaba un jugador para el partido de futbol.

-Anda, vete a jugar con Luisito, hijo- le dijo su madre acompañando sus palabras con un movimiento que lo llevaba hacia la puerta de la casa.

Andromeda

A regañadientes, Pablo acompañó a Luis a un partido que poco le importaba. Jugó, sudó de lo lindo y se enfermó, postrándolo un enfriamiento en cama.

Silencioso como era, estar enfermo y en su habitación suponía estar en la gloria bendita. Tendría tiempo para leer. Su madre sólo lo interrumpiría para llevarle un zumo de naranja, o el antitérmico a la hora indicada, o para preguntarle por lo que le apetecía para comer. El resto de su tiempo era suyo.

En los primeros días en los que la fiebre lo tenía abatido y sintiéndose hervir por dentro pensó en el agua fría, y puso las manos sobre su vientre exactamente sobre el ombligo. Sorprendentemente, sus manos estaban heladas. El frío se coló en su ombligo y eso lo relajó; lo relajó tanto, que cayó en un estado de duerme vela en el que las sensaciones se hicieron tan reales que después no supo si lo que había pasado era cierto o lo había soñado. Mientras el frío relajaba su cuerpo, se sintió colarse a través de su ombligo como el que cae por un tobogán. Cogía velocidad como pasajero en un agujero de gusano de aquellos que salían en los comics y que, después de lo que creyó un suspiro, lo dejó suspendido en medio del universo. Estaba oscuro y al tiempo podía ver las estrellas. Se convirtió en un observador galáctico por unos segundos…unos segundos que fueron interrumpidos por una voz familiar que lo trajo de vuelta. Era su madre.

Estaba aturdido por la visión y la voz de su madre, que perturbaba la digestión de tan espectacular viaje.

Desde aquel día, sus visitas a la biblioteca se incrementaron, buscando imágenes sobre lo que había visto. Descubrió la constelación de Andrómeda, a Pegaso y a Orión en todos aquellos ires y venires buscando información…y empezó a mirar al cielo preguntándose que había allí fuera.

Con sólo 7 años, había hecho un descubrimiento monumental que le permitía desvelar otros mundos…Aquella espiral que se dibujaba en medio de su cuerpo tenía un para qué, igual que los pies le servían para caminar, su ombligo no era sólo un orificio donde se acumulaba la pelusilla del jersey o que limpiar cuando se duchaba, si no que se había convertido en una entrada a algo fascinante.

Agujero de gusano

Lo había conectado con su madre antes de nacer, según le habían enseñado en el colegio, y ahora, por casualidad, le había abierto una puerta al universo.

Luz y alegría

Tundra

Fotografia Tundra de San Martin

 

Copyright © Tundra de San Martin tundrasblog.com

Desde mi balcón 3

Ese, también puedo ser yo.

Lo vi pasear, con su cuerpo inclinado, la mirada perdida en la profundidad de los panots de la acera, unos pies que a duras penas le acompañaban, cogido del brazo de su cuidadora y, una vez más, pensé: es@ podrías ser tu.

Era un anciano.  Hace quizás unos pocos años, seguramente caminaba erguido y seguro por esas mismas aceras; no necesitaba de un brazo al que agarrase, ni tantos afectos.

¿Os habéis dado cuenta que a medida que nos hacemos mayores hay ciertas cosas que pierden importancia y otras que pasan a ser primordiales? A veces una mirada, un saludo, un ”¡que guapo va hoy!”, puede alimentar más que un jabugo 5J ( Si el que lee este escrito no es español quizás no le sea familiar la expresión:” Un jabugo 5J”; es el mejor jamón que podáis encontrar en el mercado.)

Hubo un tiempo en que la vida me ofreció la oportunidad de tratar con mucha gente, y fue durante un largo período. Aquella fue una buena escuela, aunque no siempre supiera entender para qué.

Creo que a día de hoy voy cogiéndole el hilo a esta suma de casualidades en mi vida.

Cuando alguien entraba por la puerta me decía a mí misma: Tundra, es@ puedes ser tu, y eso me llevaba a entablar una relación muy distinta con aquella persona, por que si esa persona puedo ser yo, debería tratarme con Amor, ¿no?

Pues os confesaré que no siempre acertaba con el brebaje, aunque dicen que la práctica hace al maestro y con el tiempo los ingredientes se redujeron a uno.

Cada una de aquellas personas se acercaba en el estado y en la condición con la que estaba viviendo o lidiando.

Y así, si alguien se nos mostraba víctima de cualquier situación, me preguntaba qué necesitaba yo cuando en ocasiones había estado en esa posición. Lo mismo pasaba si el que venía estaba airado y, me preguntaba qué lo estaba sacando de sus casillas y qué necesitaba para salir de ese enojo. En general, las contestaciones que me daba eran: necesita afecto, comprensión, necesita una mano que le indique que no está solo…, respuestas que me hubiese dado a mí misma si hubiese estado en su lugar, al fin y al cabo, todos podemos pasar por cualquier circunstancia por inverosímil o lejana que nos pueda parecer. ¿Acaso no somos todos humanos?

Debo reconocer que por allí también pasaron personas cuya calidad humana era envidiable y me recordaba la bondad que también todos llevamos dentro y que podemos ofrecer no sólo en circunstancias donde es evidente que se necesita, sino también en aquellas en las que no parece tan necesario.

Aquellos otros eran como un paréntesis, y recuerdo unas miradas serenas y profundas que te conectaban con tu propio ser… o al menos a mí me lo parecía, y esos, también podían ser yo.

Hoy en día, cuando alguien en la calle o en el tren me pide alimento, doy al mendigo que llevo dentro. Si un niño espontáneamente me saluda, le guiño un ojo en señal de complicidad; si veo a alguien taciturno, quizás decido respetar su necesidad de silencio y ofrezco una mirada amable…porqué quizás es@ pueda ser yo.

Después de mucho tiempo, entendí aquella frase que había oído tanto de pequeña : ama al prójimo como a ti mismo.

Os diré que observándome, me descubro en ocasiones, no amándome mucho o, ignorándome o, boicoteándome; por suerte, siempre me cruzo con alguien que me permite reflexionar sobre ello y darle un giro al timón, y ofrecerme y ofrecer a los otros un gesto de afecto.

 

¿Cómo me trato? ¿Cómo trato a aquel otro que se cruza en mi vida?

¿Nos serían útiles esas preguntas para cambiar las cosas? Aunque, pensándolo bien, quizás no tengan que cambiarse y sólo deban observarse, y mirarse desde otro prisma.

Ahí lo dejo por si queréis preguntároslo en alguna ocasión, a lo mejor os sorprenderá la respuesta que La Vida os devuelva.

Luz y alegría

Tundra

Fotografia Tundra de San Martin

 

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